Optalidón

Acaba la semana y persiste el luto umbraliano. Por su interés, este blog reproduce el artículo publicado hoy en Sur por el escritor (y también columnista) Antonio Soler:

Optalidón

Por ANTONIO SOLER

Sur; 2-9-2007

Ese lenguaje del puñal dicen que también lo dominó Umbral. Era de la estirpe valleinclanesca, la del bastonanzo y la ira. Hubo un tiempo en que dio en la diana más que ningún otro pistolero EL otro día, pasando por aquí, a Pablo Aranda se le notaba más afligido por la muerte del futbolista Puerta que por la de Umbral. Y eso que a Aranda no le gusta la pelota. Ahí es donde se le ve la edad a Pablo, que viene de otra guerra y para quien una parte de nuestra vida ya es prehistoria. No se trata de echar carreras de muertos, como si estuviéramos en una película de Berlanga o incluso en alguna novela del propio Umbral, que le tenía mucha afición a las tapias de los cementerios y al trapicheo carnal que por allí había. Pero a nosotros no nos pasó como al compañero Aranda. Quizá porque a nosotros, con Umbral, se nos va una parte pequeña de lo que somos, un hábito.

Treinta años de verlo en las calderas del lenguaje, en el barco de los periódicos y en el de los libros. A veces excesivo y a veces caprichoso como niño de teta, por más que Umbral fuera más forofo de la pierna sedosa que de la teta en sí. Se le desangraban las tardes, venían a verlo ninfas con un diente de metal en la melancolía de la sonrisa y su carne era más literaria que humana, pero hubo un tiempo en el que dio en la diana más que ningún otro pistolero. Si no es cuestión de echar carreras con los muertos tampoco lo es echarlas con unos vivos que en su mayoría andan convertidos en paralímpicos a base de alcohol y madrugadas de guerra y sólo son atletas en el arte de clavar el mundo en un racimo diario de quinientas o seiscientas palabras. A saber cuántas veces Raúl del Pozo anduvo por delante de Umbral y a saber en qué lugar de esa ‘foto finish’ están Alcántara, Vicent o el alevín Camacho.

La matemática es para otro negocio. Esta tribu no es olímpica ni tiene cronómetro. El whisky no cuenta como dopaje -tampoco mezclado con el optalidón umbraliano-, y el navajeo aquí es legítimo. Ese lenguaje del puñal dicen que también lo dominó Umbral. Era de la estirpe valleinclanesca, la del bastonazo y la ira. Usaba la bufanda como un bandido el antifaz. Uno, cuando encartó, nunca lo quiso conocer. Mejor quedarse en el arrabal de sus libros, en esa nada de los domingos y en esas putas con aliento a Chester.

Puestos a hablar de su generación, uno prefiere el trato con otra ralea de plumíferos, Marsé, Caballero Bonald o la Matute, que no tienen el mandamiento de ser sublimes sin interrupción ni esconden al niño sentimental que fueron o siguen siendo bajo la coraza del malditismo. Pero aún así, al enterarnos de que la vieja momia, ese hombre que se envolvía en papel higiénico -«soy la momia fecal»- para combatir el frío, nunca más escribiría, nos sentimos brutalmente desposeídos de algo íntimo. Incrédulos y medio huérfanos, igual que un niño beato y lírico al que no se le ha muerto el padre, pero sí el párroco que le daba la comunión diaria. Mortal y rosa. Vendrá otro cura, sí, pero no le echará optalidón a la hostia.

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