Medio milímetro

Lo advierto: este post sólo es para adictos al periodismo de periódicos. Y a las redacciones. Un buen homenaje a un compañero. Lo escribe Javier Ortiz, ex subdirector de Opinión de EL MUNDO, en una coda de sus Apuntes del Natural:

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Me comunicaron ayer la muerte de Manuel Moreno, Manolo.

El obituario del periódico lo define como «empleado de El Mundo». Hubiera preferido que lo llamaran «trabajador». O, todavía mejor, «carpintero mayor».

En los periódicos, llamamos «carpinteros» a quienes se encargan de que lleguen a la imprenta las páginas que confeccionamos los periodistas, diseñadores y demás especímenes de mal agüero. Ellos las supervisan, comprueban que todo está en su sitio y que no incluyen más tonterías de las imprescindibles. A partir de lo cual, les dan el visto bueno. A veces les exigen que las firmen, incluso, para que quede claro a quién hay que echar la bronca, si se tercia.

Cuando me tocó ser redactor-jefe en El Mundo –en la época en la que todavía había redactores-jefe al estilo de Lou Grant– trabajaba mano a mano con Manolo. Llegamos a entendernos sin necesidad de hablarnos. En aquellos tiempos todavía se montaban las páginas a mano, encerando las columnas y las fotos, y las cosas salían rectas porque teníamos buena vista. «Manolo, esa foto está torcida». «Joder, Javier: medio milímetro, como máximo». «Pues eso», le replicaba. Y nos reíamos.

A veces, después de comer, echábamos una partidita. Jugábamos a la escoba. Casi siempre me ganaba. Era un hacha.

Con Manolo charlé de muchas cosas de las que no podría dar cuenta aquí sin su permiso, y ya no lo tendré.

Oigo decir ahora que nunca hablaba de política. Sería con otros.

Manolo Moreno Pérez fue un magnífico periodista. Porque periodistas somos todos los que hacemos periódicos: supervisando el acabado de las páginas, llevando las bobinas de papel a la rotativa, vigilando que las páginas salen bien entintadas, cuidando las conexiones informáticas, repartiendo el correo, captando publicidad, distribuyendo los ejemplares a los quioscos, atendiendo los teléfonos, cubriendo conferencias de prensa, yendo al quinto coño a ver qué pasa, escribiendo crónicas, haciendo el pavo escribiendo columnas… Todos igual de periodistas. Para lo bueno y para lo malo.

La última vez que lo vi fue en la barra de una cafetería cercana a El Mundo, donde estaba yo negociando alguno de mis múltiples litigios. «¡Qué bien te lo montas, cabrón!», me dijo. «¡Pues mira que tú!», le respondí, riendo.

Nos dimos un abrazo.

Fue el último.

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