Herbie Hancock en Málaga y en Barajas

Sonya Kitchell y Herbie Hancock, esta mañana, en Barajas.
FOTO: AGUSTÍN RIVERA

Soñoliento por el madrugón, tomo el vuelo rumbo a Madrid (y luego a Tenerife). En la fila 4, junto al pasillo, un señor negro -por la indumentaria y el rostro- está tecleando en un portátil de Apple. Es Herbie Hancock. A su lado, Amy Keys y al otro una chica rubia. Es Sonya Kitchell. Son las vocalistas de la banda Hancock, la que me enamoró anoche en el Cervantes.

Fue un concierto original. Amazing, como repetía Herbie (que estuvo en el quinteto de Miles Davis). El jazzista empezó el repertorio presentando a su banda. Antes, Lionel Loueke había sido telonero. Sonidos guturales y extraños avisan que su jefe no tardaría en aparecer: It’s coming!

Hancock sale a las 22.25. Se ríe y pregunta al público: “¿Hace cuánto tiempo que estuve aquí?”. Alguien se lo recuerda: “Diez años”. [En 1997 o 1998 escribí la crónica de Herbie Hancock para EL MUNDO de Andalucía. Era noviembre. Creo que era mi segundo o tercer concierto de jazz. Le pregunté a Javier Domínguez, acaso el tipo que más sabe de jazz en el Sur, cómo había sido el concierto, que me lo radiografiara. Escribí lo que me dijo Domínguez. Al siguiente concierto ya empecé a enterarme de qué iba esta música].

Bromea. “¡Lionel Loueke, como B.B. King!”. Kitchell y Keys ofrecen el contrapunto vocal. Y el saxo Chris Potter demuestra, con su virtuosismo desafiante, cómo domina el instrumento. Durante el concierto, Hancock, uno de los grandes renovadores del jazz contemporáneo, investigó nuevos sonidos. No dejó su piano, pero también probó con los teclados. Con los fijos y con uno que se echó al cuello cuando llegó la hora de los bises, que se prolongaron hasta las 0.27 horas.

A la salida del Cervantes me encontré con mis amigos Kumiko y Chihiro, matrimonio japonés afincado en Málaga desde hace más de 20 años. El teatro no estaba lleno. Hancock demostró mucho más que Diana Krall. Este genial compositor nunca sabes lo que te va a ofrecer. Ni dónde te lo vas a encontrar.

Cuando aterriza el vuelo en Barajas, en la T-4 de Richard Rogers y Lamela, el maestro jazzista sigue con su portátil Apple. Trabaja en una cafetería desierta. Se detiene en unas partituras que tiene grabadas en el ordenador. Fotografío a Hancock con Kitchell.

Hasta dentro de diez años (espero que menos), Herbie. Me despido y sonríe. Vuelvo a escuchar jazz…

2 comentarios

  1. Responder Anonymous

    estuve en el cervantes. es la segunda vez que lo veo, la anterior fue en 1992, en bs as, en el tributo a miles davis, con ron carter y un quinteto alucinante.
    que linda noche que pase.
    un saludo a todos

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