Rubén Abella, finalista del Premio Nadal 2009

Los premios literarios no deberían ser para autores consagrados y mediáticos. Autores de calidad, sí, pero los que han ganado el Planeta y son muy conocidos no tendrían que presentarse a galardones como el Nadal. Aún así, estoy -casi- seguro que Maruja Torres (estupenda reportera, una de las grandes; cronista mordaz y divertida; desigual columnista) habrá escrito una novela merecedora del premio más antiguo que se concede en España, el que ganó en 2004 mi amigo Antonio Soler.

De lo que especialmente me alegro es que Rubén Abella (el año pasado fue Eva Díaz Pérez) haya sido el finalista del Premio Nadal. Lo ha ganado con la novela El libro del amor esquivo. Una mañana del pasado verano, en la habitación de un hotel NH, leí un par de cuentos de No habría sido igual sin la lluvia, el libro con el que Abella consiguió el XI Premio Mario Vargas Llosa NH de Relatos. Relatos cosmopolitas, ambientados en Australia (Brisbane, Sidney, Auckland), en Europa (Londres, París, Copenhague) o Casablanca. Relatos modernos, cortos en extensión y de lenguaje sencillo.

Tecleo aquí el de París:

“Christian bajó de dos en dos las escaleras de la estación de Les Halles, insertó el billete en la ranura y se lanzó a la carrera por los pasillos atestados. Avanzó como pudo pidiendo paso, disculpándose, esquivando gente. Al sentir el rugido del metro entrando en el andén, corrió aún más rápido. Subió y bajó dos trechos de escalones, saltó por encima de un puesto de cedés piratas, dobló el último recodo con la vista ofuscada y consiguió subirse al vagón justo antes de que se cerraran las puertas. Agotado, se dejó caer en el único asiento que quedaba libre.
El tren se puso en marcha y se zambulló en los oscuros túneles del subsuelo. Sólo entonces, Christian se dio cuenta de que no tenía adónde ir”.

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