El contador de historias

El periodista es un contador de historias. Lo proclama hoy, con toda la razón, John Carlin, uno de los mejores reporteros del mundo. Escribe en El País. También podría firmar grandes reportajes, su especialidad, en la portada de The New York Times, del Asahi Shimbum o del Clarín de Buenos Aires. Combina la mejor escuela anglosajona, la pasión por el detalle, en la línea del Nuevo Periodismo, con el factor humano, clave en su brillante carrera.

Algunas frases de su visión del periodismo:

“El día que me lo crea, escribiré basura y me meteré a banquero”.

“La honestidad es la primera cualidad de la profesión, por encima de la objetividad, un cuento chino o americano, que denota la arrogancia y estupidez de quien la esgrime”.

La crónica completa en El País.

2 comentarios

  1. Responder Anonymous

    MEDALLA A LA INCOHERENCIA

    En la vida, pues sería una traición a mis principios, seré yo quien venga a despotricar contra la puesta en marcha de las políticas vinculadas a la Memoria Histórica, que llegan tarde, mal, y con publicidad soterrada en los BOES televisivos. No seré yo, con el recuerdo preñado de pancartas, quien venga ahora a relativizar los efectos de la perversa dictadura y los plomizos años de plomo que se nos muestran, edulcorados, en las tardes de un febrero tiznado de abriles.

    Las cunetas deben descubrirnos la verdad de las represiones, de la barbarie del tiro de gracia, pero a uno la va rechinando esta tendencia de los progres, de los que ya hablamos aquí, de auparse a las foto que más titulares venda. Porque la militancia socialista de hoy en día, al menos en derredor, supone una frivolidad vital tendente a la majaronería posmoderna.

    A los caciques de nuestros pueblos, sedientos de PER y mantenidos por el enjuague sempiterno de Sevilla, lo mismo le vale un polideportivo, una planta averiada de energía solar o un pleno vocinglero para quitarle una medalla a un ministro de Franco y restregarnos así su poderío efímero de papada y asesores. Pareciese como si tras el consenso discutible de la transición, la famélica legión de los necios se afanase en rescribir una Historia que ni siquiera han leído en los fascículos regalados de un periódico de provincias, con Epi y Blas a modo de De la Cierva y Julià.

    Quitan medallas, presumen de izquierda, de compromiso, y a las primeras de cambio nos sueltan, en sus bitácoras macilentas, la dialéctica joseantoniana del puño, las pistolas, y las muescas de los revólveres flamencos.

    Y luego nos llaman incoherentes…

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