Homenaje a Alejandro Rodríguez Carrión

Son los actos que mejoran la ciudad. Los que hacen comunidad, sentirte de un lugar donde tuviste un profesor que enseñaba, que comunicaba su saber con métodos socráticos y que era toda una lección de vida. El homenaje a Alejandro Rodríguez Carrión. Don Alejandro.

Facultad de Derecho, 12 horas. Alejandro en letras grandes. El Aula Magna, al fondo del hall a la izquierda, subida una rampa. Todo está ocupado. Me siento al lado de los periodistas Olga Muñoz (Málaga TV) e Ignacio Castillo (La Opinión). El abogado Diego Martín Reyes, en las escaleras. Presidiendo el acto Carrillo Salcedo, su maestro. El discurso de un herma-amigo. “Alejandro tuvo una actitud contestaria, ponía en cuestión lo establecido, no lo establecido porque sí, sabía porqué protestaba y qué quería”.

El rigor científico de la UMA. El profesor que innovó en métodos de enseñanza. El ethos, “la manera de situarse en la vida”. Todo ello era Rodríguez Carrión, apunta Carrillo Salcedo. El hombre que aunaba el idealismo y el realismo. Un titular que ofreció a Ignacio Martínez, en una entrevista que dio a los periódicos del grupo Joly, en noviembre de 2008: “El nuevo orden mundial será tan injusto como el anterior“.

Y es que Don Alejandro siempre sabía que lo suyo era intranquilizar a los acomodaticios, en una complejidad de pensamiento, de misión intelectual, siempre en defensa de los derechos de los inmigrantes y los excluidos.

Toma el turno Bernardino León Gross, secretario general de Moncloa, quien sabe que Rodríguez Carrión diría algo así cómo esto, echándose para atrás:

– ¿Por qué están ustedes tan serios?

– Lo único que ha pasado es que me he muerto.

Una entrevista, quizá, no lo recuerda exactamente León, en Sur. Sí, aquí está la entrevista que le hizo María Eugenia Merelo.

– ¿Cómo será el mundo dentro de 50 años?

– Perdóneme usted, pero me he dejado la bolita mágica en casa. Además, espero estar en otro lugar más cómodo.

Bernardino, quien trabajó en una tesis doctoral sobre el Derecho de intervención en labores humanitarias que dejó cuando se trasladó como diplomático a Argelia, recuerda que la relación de Rodríguez Carrión con el alumnado no acababa (jamás) cuando sonaba el timbre. “Tenía una gran preocupación de nosotros como personas. No se limitaba a exponer la asignatura, nos hacía disfrutarla y algunos nos enamoramos de ella y luego hemos tenido la suerte de aplicarla en su sentido práctico”.

Málaga, una ciudad en los ochenta tan lejos del mundo, tuvo desde 1982 la suerte de contar con Don Alejandro como catedrático de Derecho Internacional Público. Aquel hombre nervioso, en la antigua Facultad de El Palo, recorriendo el pasillo de un lado a otro, mirando directamente a lo ojos, utilizando el método socrático (¿alguna pregunta?).

En 1983, recuerda León Gross, pintó Rodríguez Carrión un diagrama en la pizarra de clase. Los intereses de las personas que están en el mundo real. La mayoría de la gente piensa en el corto plazo. Sólo unos pocos piensan en el largo plazo. “Sería muy bueno”, aportó, “que alguno de ustedes pensaran en el largo plazo”. Su única fe fue la Universidad. Su amor platónico, el Derecho Internacional Público.

La hija de Rodríguez Carrión, que ahora vive en Tokio, quería jugar al baloncesto y el equipo del colegio no tenía entrenador. Así fue como el catedrático se transformó los fines de semana en el tipo que ordenaba defensa zona, ahora individual, presión en toda la cancha, cuidado con los rebotes… Pero un día dejó de hacerlo y se lo propuso a Bernardino. Con BLG el equipo iba de los primeros de la Liga femenina. Don Alejandro apareció una vez para ver un partido. Iban ganando 10 o 12 puntos arriba. Sin embargo, no estaba contento de la dirección táctica de León Gross: “Bernar, no tiene usted ni puta idea de baloncesto”.

Era duro. Y eso le define muy bien, precisa el diplomático-amigo. Duro, pero también lleno de cariño y entrañable. Lo daba todo y lo exigía todo. Lo dice Bernardino, que no sacó sobresaliente, sino un notable, que a él le supo a poco. No había que temer (yo sí los temí) a los exámenes orales, apunta León Gross. Sólo había que temerlo cuando conducía. Rememora un viaje a Granada en coche. Don Alejandro que tenía la pasión de plantar árboles en un terrenito (en lugar más díficil). El hombre al que no le gustaba el sentimentalismo.

Francisco de la Torre, alcalde de Málaga, fue su alumno en un posgrado en el curso 1994-1995, un año antes de acceder al equipo de Gobierno de Villalobos como teniente de alcalde y concejal de Urbanismo. Los casos prácticos de los que tanto se aprendía, esa personalidad “tan completa” y, apunta De la Torre, “un ejemplo a seguir y a imitar”.

Magdalena Martín, la número 2 en el departamento, que me dio clases de Relaciones Internacionales en la Facultad, habla del “jefe”. Ese liderazgo y magisterio que estableció con sus alumnos y compañeros, “con todos uns relación única y diferente, auténtica y plena de matices”. “Él nos enseñó el respeto a los maestros”.

Y Magdalena recuerda que en la lección inaugural del curso 1999-2000, Don Alejandro habló de su maestro Carrillo Albornoz con una sentencia soberbia: “Usted ha sido culpable de mis conocimientos e inocente de mis lagunas”. Su sentido institucional “acusadísimo”, porque él sabía que “las personas pasan y las instituciones permanecen, buscando siempre el bien común por encima de todo”. Unos versos del poeta León Felipe. También de Mario Benedetti. Y la necesidad de huir del provincianismo de campanario.

José María Martín Delgado, ex rector de la UMA, amigo personal desde la infancia de Rodríguez Carrión. El profesor del rigor y la vehemencia, la exigencia. La última etapa, cuando sabía que se iba, que la enfermedad le jodía la vida, su independencia. Ya en silla de ruedas, seguía yendo a clase. Y atendía llamadas, como la mía, en aquel viernes de marzo. Marqué su teléfono. Su nombre ahora lo veo en la pantalla de mi móvil. Y su número: el 619-2….

Termina el acto, tras un vídeo emocionante con su espigada imagen y contundente voz. Veo a Javi Gómez, que escribió un magnífico reportaje sobre él (y lo mejor: en vida, así pudo disfrutarlo). Su saber ocupará tantos lugares de nuestro corazón y pensamiento… Domi del Postigo, amigo de Don Alejandro y de la familia, se quedó para saludar a Victoria, su viuda, que recibía cariños de antigos alumnos y compañeros.

Alguna vez soñamos con el profesor ideal. Lo tuvimos, qué fortuna la nuestra. Fue Alejandro Rodríguez Carrión.

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