¡Qué grande es Garci!

Allá por principios del siglo XXI, en aquel piso jamás olvidado de la calle Ferraz, disfrutaba en una tele diminuta de ¡Qué grande es el cine! Muchas veces ni veía la película. Me quedaba escribiendo o leyendo en la habitación y salía al salón, de dos alturas, con vistas al Palacio Real, más allá de la una de la madrugada, para deleitarme con el debate entre amantes del cine.

Ayer, a las 20.30 horas, recordé, como un destello de felicidad, esos lunes de grandes películas, de Vértigos y Casablancas. ¡Qué grande es Garci! “Me gusta el cine americano, los cow-boys, los melodramas y sus musicales. El cine es un ferrocarril de imágenes”.

El niño que veía películas en los cines Ibiza, Sainz de Baranda, Felipe II o Tivoli, que vivía en la calle Narváez, 72, cree que el cine, el cine que a él le fascina, acaba con la segunda parte de El Padrino y que el NO-DO, el noticiario franquista, no es para él el coñazo de Franco y sus pantanos, sino “una agencia de viajes abierta a todas las aventuras”, que mostraba las playas de Copacabana o las peleas de boxeo en el Madison Square Garden.

La anécdota del bolso olvidado de su madre en el cine del Palacio de la Música, en Gran Vía, o las primeras imágenes de Lo que el viento se llevó, es su íntimo Rosebub (el trineo que tenía de niño el Hearst en el que se basa Ciudadano Kane).

Saludé a Garci al final de la charla, amenísima, llena de ritmo. He quedado en verle en Madrid para charlar de boxeo y periodismo. Le presenté a JP. “¡No me perdía Qué grande es el cine!”. Atravesando el Puente de la Misericordia, con cuatro folios apuntados de frases y vivencias de su intervención en el CAC Málaga, coincidimos en la frase ¡Qué grande es Garci! Y el cine.

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