Periodismo de arte

Umbral identifica en este artículo al columnismo con el “periodismo de arte”. Y aclara que no hay que confundirlo con el Nuevo Periodismo de Tom Wolfe o Truman Capote. Analiza la tipología de los columnistas y remata: “Somos los últimos legitimistas de un manierismo periodístico”.

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LOS PLACERES Y LOS DIAS

Periodismo de arte

FRANCISCO UMBRAL

EL MUNDO; 21-10-2000

El maestro Fernando Lázaro Carreter acuñó o difundió la expresión «prosa de arte» para definir la de Valle-Inclán, Gabriel Miró y otros. Paralelamente, hablamos nosotros ahora del periodismo de arte, que es el que se viene haciendo en algunas columnas periodísticas. ¿Qué es o pudiera ser el periodismo de arte? Empecemos por los ejemplos, que eso facilita mucho las cosas:
Carmen Rigalt y Maruja Torres, Carmen Rico-Godoy y Rosa Montero (cuando quiere), Manuel Vicent, Vicente Verdú, Raúl del Pozo, Eduardo Haro-Tecglen, Gabriel Albiac, Manuel Hidalgo, Antonio Burgos, Baltasar Porcel, Vázquez Montalbán, Cándido, MP, Campmany, etc.

Periodismo de arte es una cosa que se pone al servicio de la actualidad, o la crea, con todos los atributos de la información, pero con una prosa subjetiva, lo que implica también un pensamiento subjetivo (libre), que viene a donar al corazón de estraza del periódico los mejores hallazgos literarios de esta hora, (cuando los jóvenes y viejos novelistas se limitan a redactar o a imitar las pautas estilísticas de sospechosas traducciones que adolecen de uruguayas). Esto le está dando al periodismo de la democracia una calidad de vida que otros países no tienen, ni España en otras épocas, tampoco.

El periodismo de arte no es un adorno del periódico sino algo que busca el lector, antes que cualquier otra cosa, a veces. Porque el periódico de cada día es una hecatombe de información, un ordenado desorden de la actualidad, y, contra esas pluralidades mareantes, el lector se refugia en el sombrajo de una columna, a resguardo de una firma conocida, para consumir literatura en dosis homeopáticas.

Incluso el chiste tiene una función más catártica que la columna. Leer una columna es como fumarse un porro: algo que serena el alma, conforta el cuerpo, levanta el espíritu y divierte la tristeza. Los columnistas somos las castañeras de invierno y las heladeras de verano, y estamos en nuestro zaquizamí sirviendo cucuruchos más o menos barrocos de literatura, actualidad y noticias. Hay columnista que tira abiertamente hacia el estilismo. Otro que tira hacia el ensayismo. Y el que canta una desesperación más camusiana que esproncediana, el que es directamente gracioso y el que es directamente suicida. Entre el miniensayismo de Vicente Verdú y el lirismo golfo de Raúl del Pozo, toda la gama y todos los matices de la derecha, de la izquierda, del centro, ideologías siempre servidas por una escritura de arte que ayuda a pasar el trago y ennoblece el mensaje. El periodismo de arte no tiene mucho que ver con el nuevo periodismo, como alguien ha dicho; es otra cosa, es «cosa» en sí mismo, tiene entidad propia, es una escultura de palabras, una estructura de ideas y noticias, un precario equilibrio donde el lector busca, el muy pícaro, que nos demos el tortazo.

Ahora que arrecian las tecnologías mediáticas de todo ese periodismo virtual que da calambre, unos cuantos nos refugiamos en el extremo opuesto, agaritados en el chiscón de la columna, diciendo más verdades, aunque más despacio. Somos los últimos legitimistas de un manierismo periodístico, junto con Baudelaire, Larra, Pasolini, Calvino, Camus y en este plan.

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