Chick Corea

Antes de entrar en el Cervantes saludo a los periodistas Luismi Carceller y Esperanza Codina, viajeros al Nueva York electoral del 4 de noviembre. También me encuentro con Jesús Espino, que ya en Facebook anunció que estaba deseando que fuera lunes para ir a este concierto. Veo el espectáculo en el proscenio del segundo piso, con vistas picadas al piano y a los teclados de Chick Corea, estrella de la última jornada del 23 Festival Internacional de Jazz.

Dos horas de concierto. Chick, con bigotillo, camisa negra con tres kanjis (¿coreanos? ¿japoneses? ¿acaso chinos?) sale al concierto con una composición que creo forma parte del trailer de Eyes Wide shut, la última película de Stanley Kubrick. Corea y sus amigos se lucen con New blues old rules y decenas de piezas de las que no me sé el nombre. Algunas heteredoxas, otras más convencionales, pero casi todas formando una sugerente sinfonía de sonidos.

Todo termina a las 23.15. El batería sale a escena como si fuera un boxeador ganador, con una toalla blanca colgada al cuello. Fantastic. Thank you for coming, agradece Corea.

Charlo con mi compañero de proscenio, Peter Mojen, director del programa alemán de Radio del Sol de Algarrobo. “Me gusta quedarme hasta el final, como ahora, con el teatro vacío”. Empiezan a retirar los instrumentos y los cables. El teatro se silencia.

La noche termina tomando una copa de vino, en la terraza que hay junto al Cervantes, con los fotógrafos Nacho Alcalá y Julián Rojas. Rojas enseña fotos de una exposición que prepara. Algunas las tomó en color, pero las ha pasado a blanco y negro. La frontera marroquí-argelina. Alcalá y yo observamos las imágenes, las comentamos, bromeamos. Para que luego digan que los fotógrafos rivales no pueden ser buenos compañeros. Los amigos Rojas y Alcalá. Corea y el buen jazz nos ha unido.

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