La Feria de Málaga tiene un calor especial

La calle Larios en la Feria de 2010.

Dan ganas de salir pitando. Como muchos pamploneses, cada vez más malagueños practican un exilio voluntario de ocho días para evitar estos Sanfermines de agosto. “¿Que si me quedo en Málaga en Feria? Ni borracho”. Borrachos los habrá sin descanso desde hoy y hasta el sábado por el Centro y el Real. También merdellones, el espécimen local que no gasta en vestuario (van descamisados), utiliza pantalones pirata o bañador y calza chanclas.

La Feria del Centro resulta un desmadre muy divertido a condición de que te apasionen los agobios y pisotones de la gente, la música a tope de decibelios, los más de 30 grados de escasa sombra y el terral, ese calor especial que brilla en la Feria. Si no te importa nada de lo anterior, ¡bienvenido! “Cada vez veo más gentuza, aunque por lo menos hay menos navajazos y no te tiran hielo y agua cuando pasas por las calles”, cuenta el dueño de un negocio de Málaga.

El modelo de fiesta se lo inventó un ilustrado alcalde socialista (Pedro Aparicio) que gobernó 16 años. La Feria del Sur de Europa fue su eslogan. Hay un consenso general de que a Aparicio le sobró su última legislatura. Cuando recibió la crítica envió un mail con folio y medio de logros y hazañas municipales entre 1991 y 1995. También él se creía perfecto.

Cuando la dicharachera Celia Villalobos tomó el mando a mitad de los noventa se topó con una Feria del Centro sin control alguno, muerta de éxito. Cada local ponía la música que quería. No existía horario de cierre y los caballos –bellos, aunque con excrementos pestilentes– paseaban por calle Larios, la vía principal.

La populista Villalobos lucía en las grandes ocasiones –en este caso el estreno del nuevo recinto ferial del Cortijo de Torres– un traje verde pistacho, “el favorito de su poco variado vestuario”, como quedó reflejado en mi crónica que publiqué en El Mundo en agosto de 1998. La alcaldesa no aguantó esa crítica y otras más de ese verano. “Y menos de un periodista que es de Málaga”, recriminó. Justifico el recuerdo de esta anécdota para recordar la profundidad y la innata elegancia en las formas del personaje. Ocurrió en una caseta de una peña, al final de un acto de genuflexión al poder de doña Celia. De fondo sonaba el Corazón partío de Alejandro Sanz.

En 2000 llegó a la Alcaldía Francisco de la Torre. Aprovechó el ascenso/fracaso de Villalobos en el Ministerio de Sanidad para asumir el cargo que había soñado desde que era niño en el colegio de los Maristas. De la Torre intentó potenciar el Real, animando –con regalo de paella incluido– a que se fuera incluso de día.

“Macrofiesta alcohólica” con camisetas “chorras”

En el casco histórico hay ahora más control policial, menos reyertas y han desaparecido las heces equinas, pero el público joven de la ciudad sigue coqueteando con el vandalismo británico de la generación Blackberry y ya apenas se ven trajes de flamenco y mucho menos hombres vestidos “de corto”. ¿Y de largo? Mucho menos. En Málaga nadie va a la Feria con traje y corbata.

En Facebook cuelgan ya mensajes en los muros de los perfiles con estos mensajes: “No me gusta en lo que se está convirtiendo la Feria de Málaga: más que Feria, una macrofiesta alcohólica, sin tipismo andaluz, música inapropiada, llena de descamisados o pandillas con camisetas chorras. Copia esto en tu muro si crees que otra Feria es posible”.

Corroborando la máxima de Goebbles (“Una mentira mil veces repetida se convierte en una verdad”), el twitter de @jmatencia, director de contenidos de Ser Málaga y columnista de El País de Andalucía, informa de mentiras y gordas. “El Ayuntamiento confía en que hay seis millones de visitas a la feria de Málaga. Alguien inventó una vez el dato y cada año se repite sin más”.

¿Seis millones de visitas?

Desde hace ya tres lustros se mantiene intacta la cifra de seis millones. “Seis millones de personas es más o menos toda la población de Andalucía en la calle Larios a la vez”, insiste Atencia en twitter. El Ayuntamiento argumenta que cada persona puede ir a la Feria tres o cuatro veces y de ahí surge la cifra tan hiperbólica. Eso sí, asegura que intentarán nuevos cálculos “con amor a la ciencia”.

Denominar macrobotellón a la Feria de Málaga no es, en ningún modo, algo desorbitado. En el Real se va a autorizar sin problemas. Incluso, ya puestos a ellos, a lo grande: se va a ampliar el espacio para beber en la vía pública. El fenómeno parece incontenible. Al menos los veinteañeros y más jóvenes podrán beber sin problemas en un recinto determinado, “sin alterar el ritmo normal de la Feria”, asegura el Ayuntamiento que niega fomentar el uso del alcohol.

En medio de un debate estéril sobre el posible cambio de fecha de la fiesta (septiembre en vez de agosto) que el alcalde zanjó de raíz, se han esfumado las actuaciones musicales de prestigio. “¿Por qué este año la mejor actuación es la de Malú y encima se cobra la entrada a cinco euros?”, se pregunta el periodista Pablo Bujalance.

La Feria comenzará esta noche con una tonelada de fuegos artificiales y el pregón de Pablo Alborán. “¡No metas tanta caña a Málaga”, me advierten. Bueno, admito que también es posible huir del merdelloneo en esta urbe hedonista de escasa atención a las formas; una ciudad en la que incluso en Feria puedes contemplar en determinadas calles, casetas y bares el auténtico significado –la evasión para olvidar– de una fiesta con un calor tan especial.

Aquí el link de la Tinta de Verano publicada hoy en El Confidencial.

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