“Una historia violenta”: el mejor Antonio Soler

“Una historia violenta”: el mejor Antonio Soler

Antonio Soler ha escrito Una historia violenta (Galaxia Gutenberg), acaso su mejor novela, sólo comparable a Las bailarinas muertas (Anagrama), otra sobresaliente ficción soleriana, un libro que me marcó muchísimo, el germen de una amistad auténtica.

Todo escritor, narra Soler, aúna ficción y memoria, pero no hace “memorias, sino novelas”, como ha dicho esta tarde en la presentación en Málaga. Esta obra reúne rasgos autobiográficos, pero dejando a un lado “la sentimentalidad, la nostalgia y el cariño”, aunque te acabas encariñando de personajes como Tusa, Ernestito, Julián Rojitas, la Popi.

El escritor intenta mirar hacia un mundo conocido por él, intentando hacer “visible lo invisible”, en medio de un “profundo desasosiego” que se siente en cada página, en cada línea de una historia que te arrastra a seguir leyendo, atraído por unos personajes que viven en su burbuja de barrio con una violencia latente, pero no expresa, al menos en el arranque de la historia (aquí el primer capítulo).

El personaje, un niño de edad indefinida, es un gran observador, alguien que lo registra todo [recuerda al personaje de Miguelito Dávila, aquella mirada]; pero que jamás “distorsiona la vida de nadie”, como apunta el propio Soler. Lo importante es que la novela implica “el triunfo del débil frente a la ostentación del poder”, con personajes “poliédricos y verosímiles”, precisa el fotógrafo Ricky Dávila, fascinado por Ernestito Galiana, “inclasificable”, el que sí “distorsiona”.

Soler vuelve a su Territorio, el de Las Bailarinas muertas, el de El Camino de los Ingleses, el “Territorio Soler”, término acuñado por el periodista José Castro. Niños sin paraíso. Calle Lanuza, los 21, el Garaje de Oliveros, los Pabellones militares. Y guiños a amigos: Rafael [Pérez Estrada], el mago; el añorado Murphy, Arcas El Corbata.

Antonio Soler ha escrito una novela maravillosa, llena de metáforas, repleta de imágenes muy poderosas como la de don Guillermo, “una cara con las mejillas cuadradas y tan altas que podría hacer alpinismo por ellas, como la de esos presidentes de América que hay labradas en una montaña”. Regresa el mejor Soler. “Siempre fue así”…

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