Pedro Aparicio: el alcalde ilustrado de Málaga

Pedro Aparicio: el alcalde ilustrado de Málaga

Por Agustín Rivera

En mi infancia, cuando devoraba las portadas de los periódicos deportivos que cubrían de tinta el kiosko de Nono de la calle Alfambra, Pedro Aparicio destacaba en esas fotos en blanco y negro, ya amarillentas de Sol de España y Sur. Aparicio era el alcalde. Un tipo muy alto, de voz grave, gravísima. Con gafas y delgado. Sin canas. De sonrisa escasa y acento nada sureño. Imponía su figura. Y la voz, claro, la voz.

Buenas tardes, señor alcalde, aquella píldora de Opinión que emitía la Radio Popular de Plaza de la Cruz del Humilladero. En ese espacio Aparicio salía siempre trasquilado. Eran tiempos de ondas, de diarios de Transición. Mi calle, como tantas de las ciudad, no tenía ni asfalto, apenas acera y la luz nocturna escaseaba. Y eso que era la calle principal de una barriada (Los Planetas) de clase media. Málaga estaba que se caía a trozos. Aparicio, como podría haberlo ejecutado un alcalde comunista o uno de Alianza Popular, impulsó un Plan Renove urgente para adecentar una ciudad de aluvión, incapaz de asumir un crecimiento de población desmesurado para la escasa calidad de sus infraestructuras. “El alcalde culto y cosmopolita que modernizó Málaga”, como publiqué ayer en El Confidencial.

El relato de Málaga

Estamos en 1979 y abre El Corte Inglés. Los históricos barrios de La Trinidad y El Perchel languidecen como los últimos días de verano. Hay ganas de hacer cosas, en cambiar la imagen de una ciudad atascada, en vías de desarrollo. Torremolinos era Nueva York. Málaga era una urbe sin alma. No sabía lo que quería ser. Y llegó Pedro Aparicio, que supo construir un relato de Málaga. Capital del Sur de Europa. La Feria del Sur de Europa. Eslóganes grandilocuentes, hipérboles de marketing, que aumentaron la autoestima de una ciudad jamás ensimismada, la de los mil proyectos e ilusiones sin romper.

El primer alcalde democrático atesoró dos mandatos brillantes. Ahí están los resultados. El niño que soñaba en convertirse en periodista, en firmar en un futuro en algún periódico, siempre vio a ese hombre de voz tan penetrante como alguien que merecía la pena escuchar por su ambición y contradicciones. El alcalde de la ciudad que suspiraba por abandonar la apatía, de salir a la cancha sólo para empatar.

Ya en primero año de carrera, con 19 agostos, incluso verbalicé a mis amigos de la Facultad en la Pontificia de Salamanca que tenía intención de escribir una biografía de Pedro Aparicio. Eran los años en los que se decía que el alcalde era dueño de un bar de copas en La Malagueta, de una clínica en Zaragoza… Nada se pudo comprobar. Eran rumores falsos que circulaban sin fundamento.

Un correo electrónico reivindicativo

El primer trato directo que tuve con él fue en 1994, cuando Pepa Villalobos, responsable del suplemento Escuela de Calor de Diario 16 Málaga, me encargó una entrevista “de Feria” antes de comenzar la fiesta. Imponía el alcalde, pero fue cercano en ese encuentro realizado en su despacho con terral fuera de la casa y luz eléctrica encendida a las 12 de la mañana… Apenas le quedaba un año para dejar el cargo. Muchos años después, cuando escribí en 2007 un post de él titulado Pedro Aparicio, me respondió así sobre sus últimos años en La Casona del Parque. Este es un extracto del correo electrónico que recibí:

Quizá yo di una imagen en ese último período de fatiga o desánimo personal, pero para la ciudad los primeros años 90 constituyeron una gran sístole. Este cálculo lo he hecho muchas veces “por encima”, y tengo pendiente hacer un trabajo (para mí mismo) que lo demuestre con fechas y presupuestos. Mientras tanto, me permito adjuntarte una enumeración (ésta sí la hice, en tiempos de menor pereza y mayor fuerza) que resume nuestras grandes y medianas actuaciones. Un ejercicio de memoria que me permito rogarte, te demostrará que una gran parte de ellas corresponde a la última legislatura. Esa misma que (inexplicablemente para mí) ha pasado a la pequeña historia municipal como “sobrante”. Quizá recuerdas que en ese cuatrienio sólo cuatro capitales españolas tuvieron gobiernos socialistas con mayoría absoluta. En el resto de España hubo un gran castigo electoral por las terribles cosas que habían sucedido en (o junto a) el Gobierno.

La Feria de Bush

Aparicio, siempre era educado, cortés hasta la extenuación, como su esposa María, también tenía prontos e impulsos que le llevaban a dejarse arrastrar por las emociones. Sacaba la bandera del honor y del orgullo, como la del frentismo con José Rodríguez de la Borbolla, que provocó la firma del decreto para que Torremolinos se independizara de Málaga, con la sangría económica que supuso para la capital, como recuerda Ignacio Camacho en su perfil de Facebook.

Tras finalizar la Feria de 1993 el director de Diario 16 Málaga, Juan de Dios Mellado, y el grupo de redactores y estudiantes de Periodismo que elaboramos las páginas de Feria, almorzamos con el alcalde y Curro Flores, el concejal de Cultura, en un restaurante de la Avenida de Príes. En esa comida nos echó en cara que el día que George Bush padre estuvo un par de horas en Málaga, aprovechando una pequeña escala, y se paseó por algunas calles de la Feria del Centro, destacáramos el valor de la visita de Bush en las páginas de Feria y en la última página le llamara Teodoro León Gross en Diario 16 Málaga, “criminal de guerra”. Quizá llevaba razón, pero los periódicos y los periodistas no están para hacer amigos, sino para la crítica, aunque sea ácida y no guste.

El Aparicio fuera de la Alcaldía, orgulloso de sus tres hijos (Pedro, Germán y Almudena; el segundo, licenciado en Periodismo, triunfó como guionista de televisión), fue el más seductor, como persona y personaje. Fue presidente del PSOE andaluz y ahí se dio cuenta que el puesto decorativo que era ese cargo no le gustaba. Lo que sí le apetecía –quizá su gran vocación, además de ser cirujano y  profesor de Universidad– fue ser parlamentario europeo. Lo fue durante ocho años. En el verano de 1999, tras ofrecerle la entrevista a Rafael Porras, por aquel entonces uno de los coordinadores de la redacción en Sevilla de El Mundo de Andalucía (luego se convirtió en uno de sus mejores amigos), conversé con él en su casa de la calle Corpus Christi de Pedregalejo.

La distancia con el político

Habló de política europea, muy poco de su etapa como alcalde y sí de los nubarrones que veía en el socialismo. No le quedaba mucho para abandonar por completo el partido. En la entrevista estuvo muy amable y me animó a que, pasados unos años, volviera a Málaga. Cuando lo hice, un lustro más tarde, se acordó de las palabras. Siempre apoyó a los jóvenes. Y me alegro de haber sido demasiado pipiolo en su etapa de sus 16 años al frente de la Alcaldía. Ya entonces pensaba que un periodista debe mantener distancia, huir de una relación de cercanía, personal, con el político. No creo en la amistad periodista-político. Si el político se retira, entonces, sólo entonces, sí… o podría ser.

A partir de 2007, cuando se estrena la Fundación Manuel Alcántara, tuvimos un contacto más fluido, aunque no continuo. Comidas y cenas en las que Pedro participaba como patrono de la Fundación y amigo del Maestro. Encuentros salpicados de Periodismo y Literatura. Conocí a un Aparicio más vulnerable, maniático amante de manías curiosas que forman parte de su intimidad (“Las cosas de Pedro”, decían sus amigos más cercanos, con naturalidad y cariño) y, sobre todas las cosas, devoto continuo del Sacramento (Antonio Soler, dixit, sobre Félix Bayón) de la amistad. Un intelectual que empezó a escribir sus memorias en Almuzara y que no acabaron por publicarse. Lástima. El articulista que demostró sabiduría, elegancia y europeidad en sus artículos en Sur (este es el último: El caballo de cartón).

Pedregalejo

El Pedro Aparicio que me encontraba en Pedregalejo, comprando periódicos en el kiosko de Nazario, en la avenida Juan Sebastián Elcano, paseando con sus nietas por calle Bolivia o esperando el autobús para ir al Centro,  era entrañable. La última vez que le vi, de espaldas, frente a la parada del 11, estuve a punto de gritarle “¡Pedro!”. No lo hice. Aparicio adelgazó, volvía a las caminatas y había empezado a frecuentar el gimnasio. No se merecía ese final tan abrupto, similar al de Bayón en Marbella.

La pasión irredenta por el Barcelona y las ganas de conversar de París, trenes y viajes… Y las tertulias de los jueves con su gran amigo Manuel Alcántara,  y Salvador Moreno Peralta, Paco Barrionuevo, Teodoro León Gross, Juan López Cohard y Porras jamás faltaron. Esas sobremesas mágicas del alcalde ilustrado que Málaga necesitaba.

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