Pepe Carleton, el primer agosto sin el dandi de Ricardo Soriano

Pepe Carleton (Elmundo.es)

En sus últimos años apenas salía de su piso de la avenida Ricardo Soriano. Él, que había sido un auténtico cosmopolita, un señor, un dandi que trazó interiores de ensueño en el Mediterráneo sureño, apenas deseaba el contacto exterior. Si lo llamabas a su teléfono directo postergaba la cita. “Mejor pasados estos calores”, achacaba. Y luego se iba a una residencia del interior. Volvía en septiembre, ya con la vorágine marbellí apaciguada. Falleció el 12 de febrero de este año.

Pepe Carleton fue quizá el último emblema de la Marbella elegante y refinada creada por Alfonso de Hohenlohe. Hay muchos Pepe Carleton, pero todos se funden en uno: el amigo de intelectuales, de escritores de prestigio, de Truman Capote, de Jane y Paul Bowles, el hombre que ayudó a construir el relato de una Marbella que dejó huella. El decorador del hogar de Audrey Hepburn y Mel Ferrer en la Costa del Sol.

–       ¿Qué idea tiene para su casa, señora Hepburn?
–       Es muy sencillo, Pepe. ¡Yo lo quiero todo blanco!- contestó la actriz de Desayuno con Diamantes.

Nacido en 1924 en aquel Tánger “de plenitud internacional”, como él mismo explica al principio del teaser del documental Pepe Carleton, memoria de una vida, la auténtica ciudad en la que se basó la película Casablanca protagonizada por Humphrey Bogart, Carleton aterrizó en la Marbella de finales de la década de los cincuenta de la mano de Ana de Pombo, que trabajaba con Coco Chanel en París, la de “imposibles sombreros trenzados con hilo de oro”, como cuenta Alfredo Taján en la novela Pez Espada. El decorador se convirtió en un animador nocturno de las noches de buganvillas y jardines con lugares míticos como “El camello de oro” o “Cero”, donde acudían dramaturgos como Jean Cocteau, Edgar Neville o Tenesse Williams. 

Era una Marbella aún incipiente, apenas desarrollada, con esa mezcla ingenua de los orígenes y la ilusión de un futuro de esplendor. En la imprescindible obra La Costa del Sol en la era del Pop, Juan Bonilla explica cómo era ese pueblecito malagueño. “Le fascinaba que en una misma calle pudiera cruzarse con dos muchachas desnudas venidas de las Brumas Del Norte y con un campesino montando un burro”.
Carleton como mito. “Nadie como él evocaba aquella atmósfera internacional de Tánger, hoy muy olvidada, donde era normal ser políglota y millonaria, como Barbara Hutton. También le encantaba hablar de su abuelo Gregorio Trinidad Abrines, fundador del periódico Al Mogreb Al Aksa, primer rotativo de la ciudad”, escribe en El Mundo la periodista Berta González de Vega. “Fue precisamente el declive de esa ciudad franca internacional, cuando pasó a manos marroquíes, lo que propició el auge de Marbella en la otra costa”, añade González de Vega. 

Hay otro Carleton convertido en personaje de ficción por Taján, quien organizó hace unos años en Málaga un homenaje a los Bowles. En Pez Espada, el artista de interiores aparece en una villa de Montemar (Torremolinos) llamada La Charlota. “Resultaba un placer escucharlo hablar de sus trabajos de interiorista; se trataba y se trata porque aún vive y ojalá por muchos años, de un esteta visionario inmune al carácter tóxico de la decadencia”, narra Taján sobre Carleton, en la novela publicada en la primavera de 2011, nueve meses antes de la muerte del tangerino de Ricardo Soriano.

La Tinta de Verano que publico en El Confidencial.

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